El acoso sexual y la responsabilidad institucional atraviesan esta realidad que todas conocemos. Hay una frontera silenciosa que todas conocemos. Esa línea que hemos cruzado demasiadas veces porque nos enseñaron a aguantar, a justificar, a dudar de nosotras mismas. Esa línea donde empieza el acoso sexual, el acoso por razón de sexo, las miradas que invaden, los comentarios que hieren, las manos que no pedimos, las insinuaciones que paralizan
Durante años nos hicieron creer que exagerábamos. Que era “solo un comentario”. Que “no era para tanto”. Que quizá habíamos malinterpretado. Que la culpa era nuestra por sonreír, por ceder, por callar. Y aun así, con miedo, con dolor, con el cuerpo en alerta, seguimos adelante.
Pero llega un momento, y ha llegado, en el que algo cambia. Ese momento en el que decimos hasta aquí. Hasta aquí cargar con culpas que no nos pertenecen. Hasta aquí normalizar lo que nos daña. Hasta aquí sobrevivir en silencio para no incomodar a nadie.
No es fácil. No es inmediato. No es indoloro. Pero es real.
No hace falta mirar muy lejos. España tiene nombres que marcaron un antes y un después. Nevenka Fernández denunció cuando denunciar implicaba un enorme riesgo personal y social. Lo que Ella soportó: el escrutinio, la burla, la duda, la violencia mediática, explica por qué tantas mujeres callaron durante décadas. Porque sabían que el sistema no estaba hecho para protegerlas, sino para disciplinarlas.
Cada nueva noticia de acoso o violencia nos devuelve a una verdad incómoda: llevamos décadas soportando lo insoportable. Y es esa memoria compartida es la que ha dado lugar a una rebelión tranquila pero imparable.
La rebelión de las mujeres no es un estallido: es una decisión íntima y colectiva. Es mirar de frente lo que nos pasa y decir: no voy a pasar ni un minuto más en un lugar donde mi dignidad se negocia.
La rebelión de las mujeres no es solo presente: es una respuesta a todas las que no pudieron o no sobrevivieron a intentarlo. Es un acto de memoria. Un acto de justicia hacia todas las que no pudieron denunciar, hacia las que lo intentaron sin apoyo, hacia las que pagaron un precio que nunca debieron pagar.
Cada vez que una mujer nombra el acoso, otra encuentra el valor para denunciarlo. Cada vez que una pone un límite, otra descubre que también puede. Cada vez que una deja de culparse, el mundo se mueve un milímetro hacia la justicia.
Quienes trabajamos cada día con casos reales sabemos no se avanza desde la teoría, sino desde el conocimiento honesto de lo que sucede. No se puede cambiar lo que no se quiere ver, ni mejorar lo que no se mide. Hablar de acoso sexual y responsabilidad institucional es imprescindible para comprender el alcance real de estas situaciones.
Si queremos transformar estas situaciones, necesitamos también cambiar el relato social, necesitamos desplazar el foco. El relato social no cambia con campañas puntuales ni con protocolos que nadie lee. Cambia cuando dejamos de contar la historia desde el punto de vista equivocado.
Hoy el relato dominante sigue siendo este: “Las mujeres deben protegerse, denunciar, ser valientes, hablar, resistir.” Ese relato está agotado. Y es injusto.
Pasar del:
- “¿por qué no denunció?” al “¿por qué tuvo que soportarlo?
- “caso aislado” al “patrón estructural”
- “ella lo contó” al “la organización actuó”
- “qué hizo ella” al “qué permitió el entorno”
- “esto siempre ha sido así” al “esto ni un minuto más”
Y si queremos cambiar estas situaciones, también necesitamos transparencia. No sobre las mujeres. Conocer cuántas denuncias se presentan, cómo se gestionan, qué medidas se aplican y qué aprendizajes se incorporan. La transparencia no vulnera la confidencialidad: vulnera la impunidad. Solo así podremos evidenciar que el acoso no es un problema individual, sino un indicador crítico de la calidad institucional y de su capacidad para proteger a quienes la integran.
El otro día escuché a Laura Freixas citar a Celia Amorós: el feminismo no cuestiona las decisiones individuales de las mujeres, sino las razones que las obligan a tomarlas. Desde esa comprensión común construimos apoyo, protección y un progreso colectivo que garantiza que ninguna mujer quede desamparada ante la violencia.
La rebelión ya está aquí. Y nace de algo tan simple y tan poderoso como esto: merecemos vivir sin miedo. Por eso hoy decimos: no un minuto más.
